Angie: Creciendo más allá de las fronteras

Angie es una adolescente de 15 años que ha enfrentado desafíos significativos en su vida. Originaria de Venezuela, su historia está marcada por decisiones difíciles y una constante búsqueda de estabilidad. Su viaje comenzó por razones económicas, cuando su familia decidió abandonar su hogar en busca de un futuro mejor.

Su historia se enmarca en una realidad más amplia: Ecuador acoge a más de 440.000 personas venezolanas, y en estos contextos de movilidad, niñas y adolescentes enfrentan mayores riesgos de exclusión, discriminación y violencia basada en género, según ACNUR.

“Dejar atrás donde creciste… es un poquito triste, bueno, un poquito no, mucho”, comparte Angie, poniendo en palabras el peso de esa despedida.

Al llegar a Ecuador, la incertidumbre se volvió parte de la rutina. Nuevas calles, nuevas personas, nuevas reglas. Mientras su hermana menor cambiaba constantemente de escuela, Angie tuvo que aprender a adaptarse rápidamente a un sistema educativo distinto. Aun así, encontró formas de sostenerse. “Nunca he tenido ningún problema con ningún profesor… siempre me ha ido bien”, dice con orgullo, aferrándose a lo que sí podía controlar: su esfuerzo.

Pero adaptarse no fue solo cuestión de notas o asistencia. Hubo momentos en los que sentirse diferente pesaba más que cualquier materia. Un día, en medio de una conversación en el colegio, alguien hizo un comentario sobre su acento. No fue un insulto directo, pero sí suficiente para hacerla callar. Angie recuerda ese momento como uno en el que dudó si volver a participar, si seguir hablando como lo hacía, si esconder una parte de quién era.

Esa duda no duró para siempre. Con el tiempo, Angie decidió hacer lo contrario: hablar más, participar más, hacerse visible. Empezó a acercarse a otras personas, a hacer preguntas, a compartir lo que sabía. En ese proceso, no solo fue ganando confianza, sino también claridad sobre lo que quería.

Poco a poco, comenzó a interesarse por temas que antes le resultaban lejanos. Se hizo preguntas sobre su cuerpo, sus derechos y sus decisiones. Buscó información, escuchó a otras personas y empezó a compartir lo que iba aprendiendo con amigas y compañeras. Lo que empezó como curiosidad se transformó en una motivación: ayudar a otras jóvenes a entender y defender sus propios derechos.

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En ese camino, Angie encontró en el proyecto ELLA de Plan International un espacio que le permitió fortalecer lo que ya venía construyendo: su confianza, su curiosidad y su deseo de acompañar a otras personas. Más que un punto de partida, fue una herramienta que se sumó a su propio proceso. Hoy, con cada paso que da, Angie no solo avanza hacia sus propias metas, sino que también abre camino para que otras jóvenes migrantes se sientan seguras de ocupar su lugar.

Ese interés también se reflejó en su forma de ver el futuro. Angie decidió que quería terminar el bachillerato, incluso si eso implicaba recorrer un camino más largo que el que habría tenido en Venezuela. Mientras se adapta a un nuevo sistema educativo, mantiene buenas calificaciones y sigue construyendo amistades, demostrando una capacidad constante para recomenzar.

“Todo el mundo te deja algo importante… aprendes de todo el mundo”, afirma, resumiendo una forma de mirar la vida que la ha acompañado en cada cambio.

Hoy, Angie se proyecta como alguien que puede acompañar a otras jóvenes migrantes en procesos similares al suyo. Quiere crear espacios donde otras chicas puedan hacer preguntas sin miedo, compartir experiencias y sentirse comprendidas. Su mensaje es claro: “Que no se cierren a conocer cosas nuevas… aquí pueden educarse”.

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