Naomi: Emprender también es aprender a levantarse

A sus 19 años, Naomi organiza pedidos, atiende clientes, responde mensajes y crea contenido para promocionar la ropa que vende en su pequeño local, ubicado en una comunidad de la provincia de Guayas. Mientras trabaja para hacer crecer su negocio, también continúa sus estudios en marketing, convencida de que cada nuevo conocimiento puede convertirse en una oportunidad para mejorar lo que ha construido.

Emprender nunca fue algo ajeno a su vida. Creció en una familia donde el trabajo independiente hacía parte de la rutina diaria: su padre tiene un negocio, su madre también emprendió y su abuela fue quien más la impulsó a dar el primer paso.

“Mi familia es el motor. Mi papá me motivó a tener mi local, mi mamá también tiene su emprendimiento y mi abuela fue quien más me ayudó a empezar”, cuenta.

Su abuela no solo la animó a abrir su negocio. Compartía con ella lo que había aprendido durante años trabajando por cuenta propia, le enseñó a tratar con los clientes y la acompañó cuando todavía estaba dando sus primeros pasos. En casa también aprendió el valor de apoyarse mutuamente: cuando algún cliente buscaba un producto que otro miembro de la familia podía ofrecer, se recomendaban entre sí. Esa red de confianza le permitió empezar con mayor seguridad.

Sin embargo, tener un negocio propio resultó mucho más difícil de lo que imaginaba. En Ecuador, apenas el 28,7 % de los jóvenes cuenta con un empleo adecuado y más del 60% depende económicamente de sus familias (Plan International), una realidad que impulsa a muchos jóvenes a buscar alternativas como el emprendimiento. Para Naomi, eso significó aprender mientras avanzaba. Al principio mezclaba el dinero de las ventas con sus gastos personales, aceptaba pedidos sin calcular el tiempo que necesitaba para cumplirlos y trataba de resolver todo al mismo tiempo.

“Al inicio yo no sabía cómo organizar mi tiempo ni mi dinero. Mezclaba todo… solo pensaba en trabajar y trabajar, pero no entendía cómo manejarlo bien”, recuerda.

Con el paso de los meses, las responsabilidades comenzaron a acumularse. Dividir su tiempo entre el negocio y la universidad implicó renunciar a muchas cosas. Hubo días en que debía quedarse atendiendo el local mientras otros compañeros presentaban trabajos o rendían exámenes.

“Hay veces que no me alcanza el tiempo. Se me han pasado tareas, incluso exámenes… porque tengo que estar aquí en el local”, explica.

La situación llegó a su punto más difícil cuando aceptó un pedido importante sin haber organizado bien su tiempo ni sus recursos. Mientras intentaba conseguir la mercadería, cumplir con sus clases y mantener el negocio funcionando, las ventas disminuyeron y comprendió que probablemente tendría que cancelar el pedido.

“Hubo un momento en que quise rendirme. Tenía que cancelar un pedido y no había ventas. Ahí sentí que tal vez no era capaz de manejar un negocio… yo ya pensaba en tirar la toalla”, recuerda.

Por primera vez pensó seriamente en dejarlo todo. No era solamente el miedo a perder una venta; era la sensación de haber fallado después de tanto esfuerzo.

Pero decidió intentarlo una vez más. Habló con su familia, reorganizó sus horarios, comenzó a separar las finanzas del negocio de sus gastos personales y aprendió a aceptar únicamente los pedidos que realmente podía cumplir. Poco a poco recuperó la confianza y entendió que administrar un emprendimiento también significaba aprender de los errores.

“Ahí entendí que hay días buenos y días malos… pero hay que saber administrarlo y seguir”, afirma.

Los resultados comenzaron a llegar poco a poco. Los clientes regresaban y, más importante aún, recomendaban su trabajo a otras personas. Cada mensaje positivo se convirtió en una confirmación de que iba por el camino correcto.

“Cuando un cliente me dice que le gustó lo que compró, para mí eso es todo. Ahí siento que estoy haciendo bien las cosas”, dice.

Uno de los momentos que más fortaleció su confianza fue realizar una venta para un cliente fuera de su comunidad, en la Amazonía ecuatoriana. Ver que su trabajo podía llegar más lejos de lo que había imaginado le confirmó que su emprendimiento tenía potencial para seguir creciendo.

Más adelante, Naomi participó en el proyecto Jóvenes Emprendedores y Niñez Saludable de Plan International. Las capacitaciones en marketing y gestión de negocios le permitieron fortalecer herramientas que ya venía desarrollando desde su propia experiencia y organizar mejor la forma en que administra su negocio.

Hoy Naomi mira hacia adelante con nuevos objetivos. Sueña con abrir otro local, crear su propia marca y diseñar sus propias prendas.

“Mis sueños son grandes… quiero llegar a más lugares. Sé que es difícil, pero cada cliente es un paso más”, asegura.

Para ella, emprender ya no significa hacerlo todo perfecto desde el primer día. Significa aprender, adaptarse y seguir avanzando. Cada dificultad superada le recuerda que los negocios también se construyen con perseverancia y que, detrás de cada venta, hay una historia de esfuerzo que vale la pena contar.

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