Mayra: La reconstrucción tras enfrentar a la tormenta.

Cada vez que el cielo se oscurece sobre la comunidad donde vive Mayra, el sonido de la lluvia deja de ser solo parte del paisaje. Para ella, significa alerta. Mayra, de 32 años, vive con su esposo, su madre y sus dos hijas en una zona rural de la provincia de Manabí en Ecuador, donde la mayoría de las familias dependen de la agricultura. El trabajo es diario y físico: cosechar cacao, recoger naranjas, limpiar la finca con machete. Su esposo es jornalero y su ingreso depende de poder salir cada mañana a trabajar en terrenos que no siempre tienen condiciones favorables para trabajar.

Cuando llega la lluvia nos perjudica a todos los que vivimos aquí. Las quebradas crecen, el agua se sale y ya no podemos salir. El camino se vuelve puro lodo y aunque uno quiera ir a trabajar o llevar a los niños, simplemente no se puede pasar”, cuenta Mayra. Si su esposo no puede cruzar el camino, no hay trabajo ese día. Y cuando no hay trabajo, no hay ingreso. Las compras se postergan, las salidas se cancelan y la preocupación se instala en la casa.

El agua, también escasea cuando más cae del cielo. La familia se abastece de una vertiente ubicada en la parte alta del sector. El sistema funciona por gravedad a través de mangueras que recorren el terreno. Pero cuando las lluvias son fuertes, la corriente arrastra las conexiones o las llena de sedimento. Sin agua potable y con el camino bloqueado, cada tormenta multiplica la vulnerabilidad.

El año pasado, sin embargo, la amenaza de la lluvia llegó más allá. Durante horas cayó un aguacero intenso. La tierra comenzó a saturarse y el nivel del agua subió rápidamente alrededor de la vivienda. Lo que al principio parecía controlable terminó por desbordarse. “La lluvia fue tan fuerte que el agua empezó a meterse en la casa. Primero entró poquito, pero después ya estaba casi por la mitad. Nosotros estábamos adentro y no sabíamos hasta dónde iba a llegar.”

Dentro estaban los cinco. Afuera, la corriente seguía creciendo. Las paredes, debilitadas por la humedad, comenzaron a ceder. El miedo no era solo perder lo material, sino no saber hasta dónde podía llegar el agua. “Fue un miedo que no se puede explicar. Nunca antes nos había pasado algo así. Mis hijas me preguntaban si el agua iba a parar, y uno tiene que hacerse la fuerte, pero por dentro siente que puede perderlo todo.”, recuerda Mayra.

Cuando finalmente el nivel bajó, los daños eran evidentes. La estructura ya no era segura. Con esfuerzo propio, la familia decidió reconstruir en una parte más alta del terreno. No fue un proceso inmediato ni sencillo. Poco a poco levantaron una nueva vivienda, más firme, aunque aún incompleta.

En su comunidad, los deslaves siguen ocurriendo, el camino continúa deteriorándose y las familias todavía dependen de sistemas de agua frágiles e ingresos inestables. Este no es un caso aislado. De acuerdo a la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos,i durante la temporada lluviosa 2025 en Manabí se registraron 31.715 viviendas afectadas y más de 35.978 personas damnificadas en toda la provincia, reflejando la magnitud de esta emergencia.

En medio de este escenario, el acompañamiento comunitario ha marcado una diferencia. A través de talleres impulsados por Plan International, Mayra participó en espacios donde aprendió sobre prevención de riesgos, identificación de zonas más seguras y medidas básicas ante inundaciones. Ese conocimiento influyó en la decisión de reconstruir su casa en un terreno más seguro.

Además, recibió un tanque de almacenamiento de agua que hoy le permite recolectar agua lluvia cuando las mangueras se dañan. Puede parecer un recurso sencillo, pero en los días en que el sistema colapsa, significa tranquilidad. También recibió apoyo económico que pudo invertir en la mejora de su vivienda y en los estudios de sus hijas. Este acompañamiento no borró el miedo, pero sí fortaleció su capacidad de respuesta.

Hoy, cuando Mayra piensa en el futuro, no habla de mudarse ni de abandonar el campo. Su deseo es que sus hijas crezcan en contacto con la naturaleza, pero sin el temor constante de que una lluvia vuelva a ponerlo todo en riesgo. “Lo que más me preocupa es que un día vuelva a llover así de fuerte y se nos meta el agua otra vez. Yo solo quiero que mis hijas crezcan tranquilas, sin estar pensando que la casa se puede inundar cuando empieza a llover”.

Cada vez que el cielo vuelve a nublarse, el recuerdo sigue allí. Pero también está la determinación de no volver a empezar desde cero. Para Mayra, más que resistir el invierno, se trata de algo más profundo: asegurar que sus hijas puedan crecer en un hogar donde la lluvia no signifique miedo, sino simplemente el sonido del agua cayendo sobre un techo firme. “Conocer sobre prevención nos ha ayudado mucho. Ahora sabemos identificar los riesgos y tomar decisiones para proteger nuestro hogar y a nuestras hijas. Eso nos da más seguridad cuando llega el invierno.”

Autor: Juan José Orellana
Técnico de Contenido y Digital
Plan International Ecuador

i https://www.gestionderiesgos.gob.ec/wp-content/uploads/2026/01/Infografia-Nacional-Lluvias-01012025-al-31122025-SitRep-CIERRE.pdf

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