Chantal: “Cuidar a quienes cuidan es cuidar el mundo entero”
Chantal, de 46 años, creció en una comunidad de Guayaquil donde la solidaridad era tan cotidiana como la escasez. Su infancia estuvo atravesada por tensiones, silencios y fronteras invisibles que organizaban la vida cotidiana: quién podía descansar y quién debía servir. Esas fronteras no siempre eran explícitas, pero se expresaban en las rutinas, en los trabajos asignados a las mujeres y en la forma en que se distribuía el cuidado dentro y fuera del hogar.
Su madre fue trabajadora del hogar. Pasaba largas jornadas limpiando casas ajenas, cuidando niños que no eran suyos, sosteniendo familias que nunca la reconocieron como igual. En casa, Chantal veía cómo esa entrega sin límites dejaba a su madre exhausta, invisible, siempre al servicio de otros. Esa experiencia fue su primera lección política: entender que el cuidado, cuando no se reconoce como derecho, se convierte en carga y desigualdad.
“Ella nunca tuvo un salario digno, nunca tuvo vacaciones pagadas, no tenía nada. O sea, para mi mamá el trabajo donde más le pagaron hasta el 2011 eran $70 mensuales y estuvo 11 años hasta que prácticamente la despidieron”, recuerda Chantal.
La adolescencia y juventud de Chantal transcurrieron en un contexto donde muchas formas de violencia y desigualdad estaban normalizadas. En su entorno, como en el de muchas familias con recursos limitados, los castigos severos y las exigencias de obediencia eran vistos como parte de la crianza, aun cuando dejaban marcas profundas.
Durante mucho tiempo, Chantal cargó estas experiencias con silencio y reserva personal. Con los años, y a través de su formación y su participación en espacios de reflexión y organización comunitaria, pudo comprender que su historia no era un problema individual, sino el resultado de condiciones sociales más amplias que afectan a muchas mujeres. Esa toma de conciencia fue transformadora: no borró las heridas, pero las convirtió en una brújula ética para su trabajo y su vida.
Chantal encontró una oportunidad para integrar su formación y experiencias cuando se convirtió en facilitadora del proyecto SOAR: Más Derechos, Mejores Cuidados. No era una experta distante, sino una mujer que reconocía en otras su propia historia. En los talleres con trabajadoras del hogar y cuidadoras de primera infancia veía reflejos de su madre, de sus tías, de sí misma: mujeres que se levantan antes del amanecer, que cuidan niños ajenos con ternura, que limpian casas que no habitarán, que aman sin descanso y rara vez reciben cuidado a cambio.

Sus necesidades eran evidentes: mujeres que dormían apenas cuatro o cinco horas, que cargaban con múltiples trabajos, que enfrentaban empleadores abusivos y territorios inseguros. El mundo les exigía ser perfectas, pero les negaba descanso, derechos laborales y reconocimiento. Chantal asegura que todavía hay mucho que falta para reconocer a las mujeres que trabajan en el cuidado; “Cuando hablamos del cuidado, una mujer tiene que ser ferretera, tiene que ser albañil, psicóloga, cocinera, planchadora y etcétera, etcétera. Lo que se espera de ella es demasiado amplio y cuando no lo cumple se la tacha como una mala madre, como una mala mujer. El desafío que enfrenta es muy grande.”
La magnitud del desafío exige respuestas colectivas. Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu, 2023), 294.000 personas en Ecuador están empleadas en el trabajo remunerado del hogar. Esta cifra no solo revela la dimensión del sector, sino la urgencia de garantizar derechos, descanso y reconocimiento para quienes sostienen la vida cotidiana de miles de familias.
Durante los talleres del proyecto compartieron habilidades personales, técnicas, igualdad de género y derechos económicos, sociales y laborales, promoviendo además su acceso a plataformas formales de aprendizaje. Estas iniciativas beneficiarán a más de 500 mujeres trabajadoras del sector de cuidados.
En cada ciclo de talleres, Chantal repetía un mensaje sencillo y poderoso: cada paso cuenta. Que ninguna mujer está sola. Que juntas son más fuertes. Que el cuidado no es destino biológico, sino trabajo que merece derechos, dignidad y reconocimiento. “Lo que más me gusta de facilitar es reflexionar desde todos los ángulos, cada espacio es una oportunidad de romper, de ir deconstruyendo, transformando y de empezar a hacer la diferencia”.

Su propia vida le había enseñado a poner límites al cuidado, algo que su madre nunca pudo hacer plenamente. Y eso quería transmitir: amar sí, sacrificarse hasta desaparecer, no.
Hoy, como facilitadora de SOAR, Chantal se ha convertido en un puente entre el dolor y la conciencia, entre la experiencia y la política, entre las mujeres y las instituciones. Su certeza es clara: “cuidar a quienes cuidan es cuidar el mundo entero”.
Autor: Juan José Orellana – Técnico de Contenido y Digital.
Plan International Ecuador.
