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“Quiero ser doctora para salvar a mucha gente si hay otro terremoto”

1 año después del terremoto de Ecuador

Foto: Plan International/Carlos Aguirre

Por Elena Ruiz Labrador, Coordinadora Nacional de Comunicación, Ecuador

Desde hace un año, Ashley se niega a sonreír de forma espontánea tal y como haría cualquier niña de su edad. En sus ojos todavía hay rastros de dolor y de ausencias que nunca podrán ser reemplazadas por nada ni por nadie. Sentada en el regazo de su abuela se muestra tímida cuando se le pregunta qué es lo que quiere ser de mayor. Lo piensa, trata de escoger entre todas las profesiones que conoce, pero su concepto de futuro y de ilusión quedó enterrado bajo los escombros de un restaurante tras el terremoto del 16 de abril de 2016. Por eso, su respuesta nunca llega y solo mueve la cabeza indicando negación.

“Ella era muy alegre y no paraba de conversar. Siempre fue muy extrovertida y le gustaba jugar e ir a la escuela pero desde el terremoto, todo cambió. Se volvió seria, no es fácil hacerla hablar y solo quiere pasar en mi casa”, explica su abuela paterna, Carmen, de 45 años, quien regenta un modesto negocio de comidas al pie de la carretera. “Estamos haciendo todo lo posible para que vuelva a ser como era pero no sabemos si lo lograremos”.

La misión no es fácil porque, tal y como recuerda Carmen haciendo un esfuerzo para no emocionarse demasiado, “ya nada podrá ser como antes”. El día que Ashley dejó de sonreír, había salido con su madre, su padre y su hermana a hacer unas compras a Portoviejo. Después de dejar el centro comercial, la familia decidió ir a comer algo a una cadena de comida rápida. El papá quería ir a un sitio. La mamá justo al local de enfrente porque allí vendían unas papas que a ella le parecían deliciosas. Finalmente, entre las niñas y el padre convencieron a la madre de que la otra era la mejor opción.

“Estamos haciendo todo lo posible para que vuelva a ser como era pero no sabemos si lo lograremos”.

Cuando ya estaban en la mesa sentados y con los platos servidos, la tierra comenzó a temblar. Primero con un pequeño vaivén, después con terribles movimientos que agitaban el suelo como olas del mar. Sin decirse una palabra, el papá decidió hacerse cargo de Ashley y correr mientras que la mamá lo hacía con la hermana mayor. Nadie miró atrás. Solo cuando la tierra se calmó y ya a salvo, Ashley y su papá comenzaron a gritar el nombre de su madre y su hermana. Nadie contestó.

En pleno caos, la niña pensó que había encontrado a su madre y se abrazó a una mujer desconocida gritándole “¡mamá, mamita!”. Después de la confusión y con la esperanza de encontrarlas en casa, salieron sin aliento hacia allí pero no había ni rastro de ninguna de ellas. Solo al día siguiente pudieron recuperar los dos cuerpos que habían quedado sepultados bajo los escombros. “Mi hijo no para de repetirse que el otro restaurante, al que quería ir la mamá, quedó en pie”, musita Carmen.

EL MIEDO CONSTANTE

Desde entonces, Ashley perdió el foco y el brillo de su mirada. A sus seis años el miedo la invadió y Carmen recuerda esos primeros días cuando la niña no quería ir sola a ningún sitio. “Tuve que dejar de atender mi negocio para ir con ella, primero a las Fábricas de Inteligencias de Plan Internacional y después a la escuela”.

Las Fábricas de Inteligencias o Espacios Amigables para la Niñez instalados por Plan Internacional después del terremoto, supusieron una balsa a la que agarrarse para superar lo ocurrido. Carmen decidió llevar a su nieta para que estuviese con otras niñas y niños de su edad y apartase un poco de su mente la pérdida de su madre y de su hermana. “Al principio no quería participar en las actividades y se quedaba sentada en una silla pero, después, volvió a querer jugar y poco a poco fue perdiendo el miedo a sufrir otro terremoto”.

Ese es, precisamente, el objetivo de Fábricas, desarrollar en niñas, niños, adolescentes y sus familias habilidades, conocimientos y actitudes para superar los efectos del terremoto y restaurar el curso normal de sus vidas.

Sobre todo lo aprendido allí, Ashley explica que “siempre debemos tener preparada una mochila de emergencia, estar calmados y saber dónde está nuestro punto de encuentro”. Para ello es necesario tener elaborado un “un plan de emergencia tanto en la escuela como en casa”. Según explica su abuela, aprender sobre cómo reaccionar en una situación de riesgo como un terremoto le sirvió para ir reduciendo su nivel de ansiedad.

“Todo esto lo hemos logrado a través del juego y del arte y de lo que se conoce como mediación pedagógica, una metodología con la que se aprende a pensar y reflexionar de forma autónoma con el apoyo de un mediador o mediadora que va planteando temas como la protección o la gestión de riesgos”, apunta Rossana Viteri, directora de Plan Internacional. “Plan no solo entiende que la respuesta a una emergencia debe cubrir necesidades básicas como la alimentación, la higiene y la vivienda, sino también algo que es fundamental, y es la resiliencia, la capacidad de recuperación y eso lo logramos trabajando la autoestima y la creación de un proyecto de vida a través de Fábricas de Inteligencias”.

Aunque participar en Fábricas fue vital para su recuperación, nada es mágico ni instantáneo. “Recibimos mucha ayuda material después del terremoto pero las secuelas emocionales aún siguen ahí y por eso seguimos necesitando recibir apoyo psicológico”, anota Carmen. Además, muestra su preocupación ante la posibilidad de que su nieta en la adolescencia pueda sacar toda esa rabia contenida por la pérdida de su hermana mayor y de su madre. “Me da mucho miedo, ella no está bien y se niega a volver a su casa con su padre. No lo dice pero no asimila lo que ha pasado”, murmura su abuela mientras la vigila al tiempo que prepara un plato de morcilla, chorizo y una pasta de maní para un vecino que ha parado a comer en su restaurante.

Al final, con sonrisa dulce pero con ojos llenos de cansancio y abatimiento, la abuela le vuelve a pedir a Ashley que cuente lo que a ella le gustaría ser de mayor y esta vez ella responde tímida que doctora. “Y, ¿por qué?” y con su razonamiento de niña lo justifica “porque si vuelve a pasar podré hacer algo para que nadie se vaya”.