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Érika: “Ser niña, pobre e indígena no debería ser un obstáculo para alcanzar nuestros sueños”

Los días que Érika no se levanta con 50 centavos en el bolsillo, le es imposible montar en la parte trasera de una camioneta que la baje a su escuela desde su comunidad. Los buses escolares no llegan a lugares donde las carreteras ni siquiera están asfaltadas y que en los días de lluvia se enlodan, haciendo imposible que ningún vehículo pueda pasar.

Así que, cuando sus bolsillos están vacíos, le toca bajar corriendo durante una hora hasta su colegio con su mochila llena de libros a las espaldas. Dice que no se cansa porque la costumbre le ha hecho ser una gran deportista y tan solo baja el ritmo en los días más duros cuando tampoco puede comer bien.

Aun así, para esta adolescente indígena de 17 años no han existido suficientes barreras que le hayan impedido ser la alumna más brillante de toda su escuela. De hecho, cuenta que muchos días se amanecía haciendo tareas y que tan solo podía dormir una hora antes de levantarse a las 5 de la mañana para ayudar a su madre a hacer el desayuno de toda la familia o a sacar a los animales.

Es probable que muchas y muchos de sus compañeros de la clase de bachiller International de alto rendimiento en la que fue admitida, tuvieran la posibilidad de dormir muchas más horas que ella, pero eso no le importa demasiado. “Tenía que estar hasta tan tarde haciendo las tareas porque mandaban demasiadas y, como no tengo computador, todos los ensayos de más de 10 hojas que tenía que entregar de forma habitual los hacía a mano”, relata. Para poder cumplir con sus tareas, tuvo que pedir permiso a su tutora y cada tarde, cuidadosa, escribía letra por letra esos ensayos que le han llevado a tener tan buenas calificaciones.

LAS NIÑAS INDÍGENAS NO ESTUDIAN

Recién graduada y con el sueño de llegar a ser cardióloga o neurocirujana, explica emocionada todas las dificultades que ha tenido que pasar hasta el momento en que varias universidades de Estados Unidos y del Reino Unido le han invitado a participar en un proceso que beca a estudiantes brillantes de otros países.

Estos dos países quedan muy lejos de su Chimborazo natal, una provincia ecuatoriana en donde la población es mayoritariamente indígena y en la que el 66,5% de sus habitantes vive en condiciones de pobreza (Censo de Población y Vivienda, 2010). Además de la falta de medios de subsistencia, Érika y muchos niños y niñas de comunidades que se encuentran a cerca de 4.000 metros sobre el nivel del mar, se tienen que enfrentar cada día a recorrer distancias entre comunidad y comunidad que, aunque no son excesivamente largas, sí que son difíciles de transitar por la precariedad de los caminos.

Todas estas circunstancias favorecen la persistencia de concepciones relacionadas con el papel de las niñas, adolescentes y mujeres adultas en la sociedad.

“A mí papá, como tiene 4 hijas, siempre le dicen que para qué invierte dinero en nuestra educación, que deberíamos estar casadas y ser buenas esposas”, afirma Érika. Según cuenta, al ser niña, indígena y pobre, todo el mundo en su comunidad daba por hecho que la mejor salida para su vida era esa, el matrimonio. “Afortunadamente, mis papás siempre han creído que con estudios llegaremos más lejos y podremos salir de esta pobreza en la que vivimos”.

Todas sus hermanas son igual de buenas estudiantes que ella. De hecho, sus dos hermanas mayores están estudiando ingeniería agrónoma en la universidad de la provincia. “Es duro porque las dos están viviendo en un cuartito alquilado y hay días que ni siquiera comen porque el poco dinero que tienen lo usan para el transporte o para el arriendo”.

UNA BECA CAMBIA VIDAS

Hace 4 años, cuando aún tenía 12 años, tomó la decisión de dejar sus estudios para ayudar a sus padres trabajando en el campo o como empleada del hogar. El dinero escaseaba y sus condiciones de vida rozaban la pobreza extrema: o comer o estudiar. Pero, fue en ese momento cuando, Mónica, una técnica de Plan International, se enteró de su caso y decidió intervenir.

“Sin la beca que me dio Plan hubiera sido imposible continuar con mis sueños porque estaba al límite”, indica Érika. “Mónica vino a mi casa, habló con mis papás y conmigo y nos dijo que nos iba ayudar y así fue”. Tras comprobar el excelente expediente académico Plan International decidió otorgarle una de las cerca de 3.000 que ha dado a niñas, niños y adolescentes de todo el país. Con este apoyo económico, la familia de Érika pudo comprarle utensilios escolares, el uniforme y pagar el transporte para ir a la escuela.

Además de buena estudiante, Érika se convirtió en una líder en su comunidad. Comenzó a participar en tres proyectos de Plan (Zona Libre de Embarazo Adolescente, Zona Libre de Violencia y Aprendiendo a Emprender) y, en poco tiempo, acabó convirtiéndose en voluntaria y en la encargada de dirigir grupos de chicas y chicos.

Dice que el compromiso que tiene con su comunidad es tan fuerte que siempre estará presente para colaborar en lo que sea necesario. “Hay que pensar en los demás y no solo en uno mismo porque con un grupo unido, se encuentran más soluciones”, afirma con pleno convencimiento.

Toda esta entrega le llevó hace dos años a convertirse en miembro del Consejo Asesor Juvenil de Plan International Ecuador, algo que para ella “es una auténtico honor porque me permite devolverle a la organización un poquito de todo lo que me ha dado y, además, con mi visión de la realidad a la que se enfrentan la niñas, niños y adolescentes de Ecuador, puedo poner mi granito de arena para cambiar sus vidas”.

A la espera de conocer los resultados de las becas a las que ha aplicado tanto a nivel nacional como International, Érika se muestra sonriente y esperanzada y como si la tranquilidad de saber que cumplió con sus objetivos le estuviese abriendo las puertas a un futuro mejor. “¡Lo tengo que lograr!”, sostiene convencida.