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Daniela, niña patrocinada, salvó a su hermano discapacitado después del terremoto

Daniela, nació en la comunidad “Los Ebanitos”, en el cantón Portoviejo, Manabí, y desde muy pequeñita, no recuerda cuando, ha sido niña patrocinada por Plan International. Tiene solo 12 años, pero es una niña con una historia que contar. Como miles de personas que viven en las costas ecuatorianas, la vida le cambió en solo cuarenta segundos cuando la tierra tembló y se llevó todo lo que estaba a su paso.

Esta niña de mirada triste, cabello oscuro y tez blanca vive con su madre y hermano. Nunca conoció a su padre y poco se habla de él en su casa. Desde temprana edad sintió que su vida no era como la de los demás niños de su edad. Cuando nació su hermano, un niño con capacidades especiales, la madre tuvo que dejar su rutina habitual y cuidar de él con la ayuda de Daniela, quien siempre se ocupó cariñosamente de su “ñaño”, como ella lo llama.

En el momento en el que la tierra tembló, Daniela estaba sola en casa con su hermano y de pronto empezó a temblar la casa. “Al principio no tenía miedo y luego empezó duro, mi hermanito estaba acostado en la cama, pero la fuerza del terremoto lo botó al piso de zinc”, comenta. Al ver que cayó al suelo quiso ir por él para levantarlo y sacarlo de la casa, pero cuando se disponía a salir, entre ella y su hermano cayó la cómoda grande donde guardaba su ropa y se interpuso en su camino, no podía pasar para ayudarlo. “Tuve que alzarla para poder pasar, por la desesperación no podía, mi hermano estaba caído en el piso y tuve que levantar la cómoda para poderlo sacar. También temblaba el televisor y por poco me golpea cuando intentaba salir corriendo, tenía miedo”, recalca, mientras acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja.

Después de todo esto, Daniela fue corriendo a casa de su abuela. Al llegar y después de haber arrastrado a su hermano hasta llegar allí, sufrió un desmayo del susto y de la extenuación. Afortunadamente, luego de unos minutos, Daniela recuperó el conocimiento y su único deseo era ver a su madre, pues no sabía nada de ella desde la tarde cuando salió.

“Fue un momento muy doloroso porque pensé que había perdido a mi hermano que lo tenía solo en el cuarto. Pensé que a mi mamá le sucedió algo y que todas las cosas se me iban a caer porque salí corriendo y no podía caminar, me caía y tuve que levantarme”, comenta.

Esa noche, la familia no pudo cerrar los ojos. No había luz, no tenían comida, ni donde dormir. Fue al día siguiente que con la llegada del sol se dieron cuenta que lo habían perdido todo. La silla de ruedas del hermano de Daniela quedó dentro de la casa, junto con otros insumos como el andador para personas con discapacidades especiales, incluso sus medicinas. Luego del terremoto no volvieron a su casa por temor a que termine de desplomarse, las columnas que aún la sostienen penden de un hilo.

La asistencia humanitaria llega de a poco, pese a que el acceso a la comunidad está habilitado. Por el momento, Daniela comparte risas y se distrae junto a otras niñas y niños albergados de la localidad que como ella han sido beneficiados por la ayuda que Plan está entregando. También juega, canta con los juegos de ronda y las dinámicas que los técnicos de campo realizan para ellos, mientras los padres hacen fila para recibir los kits de alimentos, higiene y medicinas. Se muestra aliviada y agradecida, pero siente que no es suficiente.
“Necesito medicinas, mi hermano es especial y mi primito, que igual está en silla de ruedas porque no puede caminar, necesita medicamento. Aquí hay niños especiales. Mi primita también sufre de epilepsia”, comenta.

Después de ver su casa destruida, Daniela y su familia han improvisado un refugio que acoge a 22 familias con 27 niños, entre los cuales tres son discapacitados. Allí lo comparten todo, un pequeño espacio, a manera de corredor, colchones viejos, el alimento, la tristeza y la esperanza también.

Por: Andrea Zumárraga.