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Cientos de familias de Manabí lo pierden todo por las inundaciones

Ilusiones arrastradas por el lodo.

Sofía, con sus dos hijos en la escuelita que hoy es su hogar temporal

 

Tan solo la ropa que llevaba puesta es lo que Sofía pudo salvar después de que una riada de lodo cayera sobre su casa. Lo perdió todo pero, afortunadamente, lo más valioso de ese hogar salió con ella. Ahora, reconoce que aunque su vivienda hubiese sido construida del material más robusto estaba destinada a acabar llena de agua y tierra.

Cuenta Sofía, aún en estado de pánico, que por la noche comenzó a llover sin descanso y con una fuerza que parecía sobrehumana. El ruido y el olor a tierra la levantaron de la cama, apenas tuvo tiempo para despertar a su familia y salir corriendo con aquello que encontraron. Ella llevaba en brazos a su bebé de 4 meses que recién se estaba recuperando de una intensa gripe, pero tuvo que escoger entre salir o ser arrastrados por una montaña desbocada de lodo.

Una vivienda destruida por el paso del lodo, tras las lluvias

Junto con su otro hijo de 4 años y 4 familiares más, tomaron rumbo hacia las lomas más altas con la idea de esperar a que pasase el peligro. Sin saber qué hacer hasta que la lluvia se detuviese, optaron por cortar hojas de plátano, colocarlas en el suelo y dormir sobre ellas. Abrazada a sus dos hijos para darles el máximo calor posible, a pesar de tener la ropa empapada, pidió y pidió que no les ocurra nada y que la luz del día llegase lo más pronto posible.

A la mañana siguiente, “fuimos y todo estaba en el suelo, destruido y sin nada que salvar”, explica Sofía. Su casa y la de todos sus vecinos habían quedado reducidas a escombros que, con el poder del sol manabita, pronto quedarían adheridos los unos a los otros debido al lodo reseco convertido en cemento.

Después de este episodio, toda la gente de su comunidad fue desalojada y llevada a la escuelita de Cruz Alta de Miguelillo. Algunos lograron quedarse en casas de familias de acogida. Otros no tuvieron tanta suerte y se vieron resignados a pasar la noche en un lugar que ni siquiera tenía mantas o colchones para dar cobijo a las 26 familias que allí estaban. “No sé qué va a ser de nosotros porque no tengo ni pañales para cambiar al bebé y mucho menos leche para darle. Aunque toma tanto pecho como fórmula, estaba tan asustado que no quiere tomar el seno”, se lamenta.

Tras el primer día, las autoridades contabilizaron un total de 150 familias afectadas, 50 que tuvieron que ser desalojadas en la comunidad de Cruz Alta de Miguelillo, en la provincia de Manabí.

Soraya junto a sus dos hijas preparan alimentos para los y las damnificadas por las inundaciones

Lo que no faltaba en la escuela convertida en refugio era comida gracias a que Soraya, al enterarse de lo que había ocurrido, acudió con sus dos hijas y kilos y kilos de arroz para que nadie se quedase sin un plato de comida. “Yo perdí mi casa con las inundaciones que cayeron tres días antes del terremoto y no pude salvar nada, tan solo un colchón”, recuerda apenada. “Fueron momentos muy duros porque no sabíamos cómo íbamos a salir adelante y por eso ahora decidimos venir sin pensar. Se lo que es esto y no se lo deseo a nadie”.

Es así que, comiendo un plato de arroz con atún por estar en Cuaresma (Soraya lo tuvo en cuenta a la hora de llevar los ingredientes), Sofía recuerda cómo desde muy pequeña participaba en los talleres de Plan. Llegó incluso a ser voluntaria en su comunidad hasta que tuvo a sus hijos y su tiempo comenzó a escasear, pero su espíritu de colaboración no ha desaparecido y antes de pasar a comer, estaba repartiendo algunos productos básicos que habían comenzado a llegar. Al final, había más papel higiénico que baños ya que la escuelita tan solo dispone de un servicio que ni siquiera cuenta con ducha y, mucho menos, de un espacio para ofrecer cuidados a un bebé como el suyo.

La necesidad de ayuda apremia y más cuando en menos de un año la costa ecuatoriana ha pasado por dos inundaciones y un terremoto que no han permitido levantar cabeza ni salir de la pobreza a muchas familias, no solo de Cruz Alta de Miguelillo, sino de toda la provincia de Manabí. Y lo peor parece que está por llegar. Mientras Sofía termina su plato de arroz se puede oír a uno de los improvisados comensales decir: “hacía décadas que no veíamos caer así la lluvia y sé que esto no acaba más que de empezar porque marzo y abril son los meses de más agua y solo de pensarlo, muero de miedo”.